11/4/16

Jugar con tus manos es jugar con el fuego.

Una mañana, en la cuál sólo pretendía dormir, terminó siendo horas de charla con vos. 
De a poco los dos nos fuimos acercando al otro hasta quedar frente a frente, mirándonos a los ojos mientras hablábamos, pero yo no podía más, ya no podía mirarte a los ojos, la culpa me comía por completo. Escondí mi cara en el colchón para que no pudieras notar mi ruborizada cara y estiré los brazos para liberar un poco la tensión que tenía causada por el momento.
En medio de la oscuridad en la que estaba sumida, sentí tus manos tomando una de las mías y quedé paralizada - Está fría - dijiste - Mis manos siempre están frías, como mi corazón - Te respondí de forma burlona. Comenzaste a frotarla contra las tuyas, a soplarla para que no sintiera frío, al igual que con la otra. 
Logré despegar mi cara del colchón y al levantar la mirada te vi acariciando mis manos, me miraste y dijiste -No sé por qué, pero me gustan tus manos- En ese instante se me vino a la mente la frase que solía decirme otra persona "Tenés manos de vieja", "Ay mira lo que son esas manos" (con repulsión)... Pero sólo salió de mi boca un "Debe ser porque son chiquitas." y las quité disimuladamente, ya era demasiado para mi. Me recosté boca arriba y continuamos con nuestra charla como si nada, ya me había agarrado un poco de sueño y comenzaba a notarse. Empezaste a rascarme la cabeza -No me rasques por favor, me da sueño- te dije -Sí, ya sé- me respondiste con una sonrisa- No, por favor, no lo hagas- Te supliqué mientras reía. Seguimos hablando durante horas hasta que decidí volver a mi casa.